La terrorífica dieta de Bryan Johnson: 100 pastillas al día, sangre de su hijo y aceite chileno para no envejecer

Bryan Johnson en su laboratorio doméstico de lujo rodeado de pastillas, pantallas médicas y aceite premium en su dieta extrema.

¿Conoces a ese colega que a los cuarenta le da por comprarse una bici carísima o apuntarse a CrossFit para convencerse de que sigue siendo un chaval? Pues te presento el modo leyenda. Bryan Johnson ha convertido el miedo a envejecer en una mezcla de experimento, religión de datos y tienda premium.

Porque la dieta de Bryan Johnson no se presentó como la rutina rara de un millonario aburrido, sino como poco menos que un sacrificio por la humanidad. Un despliegue de pastillas, luces, máquinas y mediciones que parece menos un plan de salud que una ITV para gente con pánico a cumplir años.

Pero rascas un poco la cera de su cara y el mesías de la juventud eterna acaba pareciéndose más al dueño de un teletienda de lujo que a un salvador del futuro. Aceite, suplementos, polvos mágicos y mucho humo con bata blanca. Siéntate y tómate algo, que te explico la historia.

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El circo clínico de la dieta de Bryan Johnson: 100 pastillas y un cacharro para medirse las erecciones

Rutina y dieta de Bryan Johnson en su dormitorio clínico con pastillas, sensores biométricos y luz roja de terapia.

Si tu rutina de mañana consiste en arrastrarte hasta la cafetera rezando para no cruzarte con nadie, el amanecer de este tipo te va a parecer de otro planeta. El gurú salta de la cama a las cinco de la mañana para meterse, literalmente, un termómetro por la oreja. A partir de ahí, arranca un festival de pruebas que deja el chequeo médico de un astronauta a la altura de tomar sal de frutas.

Para desayunar no hay tostadas. Se mete entre pecho y espalda más de 100 pastillas diarias. Rapamicina (un fármaco que se prueba en ratones), microdosis de litio por si se le cruzan los cables y testosterona para poder hacer dominadas. Todo empujado por exactamente 1977 calorías de un puré vegano de brócoli y setas con menos alegría que un menú de hospital en Nochevieja.

Pero el verdadero delirio llega al irse a la cama. Mientras tú solo pides dormir del tirón y no levantarte a mear, Bryan se acuesta enchufado a un cacharro en la entrepierna para medir sus erecciones nocturnas. Sí, un sistema de control íntimo digno de un villano tecnológico con demasiado tiempo libre. La escena es tan absurda que cuesta decidir si estamos viendo un experimento de longevidad o los repuestos íntimos de Robocop. Abrir Visor

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Vampirismo familiar: usar a tu hijo de 17 años como bolsa de sangre

Bryan Johnson en una clínica privada durante su polémico experimento de plasma junto a su hijo y su padre.

Si te parecía que el medidor de entrepierna era el pico de la locura, sujétame el cubata. Porque cuando las cien pastillas y el puré triste no le parecieron suficientes para burlar a la muerte, Bryan decidió que era buena idea montar un episodio de terror gótico en pleno siglo XXI. Y qué mejor forma de hacerlo que utilizando a su propio hijo adolescente como si fuera un surtidor de gasolinera. Abrir Visor

El millonario cogió a su chaval de 17 años y a su padre de 70, y se los llevó a una clínica para hacerse transfusiones de plasma «multigeneracionales». La idea era que la sangre fresca del chaval le quitara las arrugas al padre y de paso le diera a él un empujón de juventud. Todo muy ético y para nada digno de que te quiten la custodia o como mínimo llamar a asuntos sociales.

La broma se vendió en redes como el mayor avance científico desde la penicilina. ¿El resultado real? Unos meses después, el propio Bryan tuvo que salir a decir que cancelaba el experimento por «falta de resultados». Básicamente, vampirizó a su hijo para acabar dándose cuenta de que la biología no funciona como si le cambiaras el aceite a tu viejo coche. Abrir Visor

El humo detrás de Blueprint: de venderte la inmortalidad a colocarte aceite de oliva premium

Bryan Johnson presentando aceite premium y suplementos de Blueprint en una cocina-laboratorio con estética de tienda futurista.

Por si a estas alturas aún no te ha quedado claro qué narices es Blueprint, no estamos hablando solo de la rutina maniática de Bryan Johnson. Blueprint es la marca con la que ha empaquetado todo su circo de longevidad para convertirlo en producto: protocolo, suplementos, packs, test, app y hasta una IA con su nombre. Lo que empezó como el experimento extremo de un millonario con pánico a envejecer ha terminado pareciéndose bastante a una tienda online con estética de laboratorio.

El producto estrella del chiringuito es su famoso aceite de oliva. Al principio se vendía con el aura del aceite chileno premium, como si cada botella hubiera sido bendecida por un consejo de druidas biohackers. Ahora la gracia ha subido otro escalón: la remesa actual se vende como “Snake Oil”, cuesta 39 dólares la botella y la propia ficha dice que sale de aceitunas verdes cosechadas en Portugal. Traducido: el supuesto elixir definitivo ha tenido relevo portugués. Más exclusivo, más marca y, siendo malos, también con pinta de dejar más margen. Esto último ya no te lo certifica un laboratorio, te lo susurra el sentido común.

Y si el aceite te sabe a poco, la tienda te espera con los brazos abiertos. Puedes suscribirte a sus polvos Super Veggie por 80 pavos para hacerte tú mismo el puré triste, o apuntarte a su futuro algoritmo salvador. Te venden el futuro del biohacking, pero cuando pasas por caja lo que te entregan es dieta mediterránea, dormir ocho horas Abrir Visor y muchísimo humo a precio premium.

Vivir 120 años para cenar puré de setas y parecer un maniquí de cera

Contraste de la dieta de Bryan Johnson: solo con puré y sensores frente a una versión más feliz en un bar rodeado de gente.

Puede que Bryan Johnson gane su guerra privada y acabe soplando 120 velas. El problema es que probablemente lo celebre cenando un triste puré de brócoli medido al milímetro y enchufado a tres monitores de constantes vitales, uno de ellos en el pene.

Tener el recto y los riñones de un chaval de 18 años suena genial hasta que lees la letra pequeña. Si el precio a pagar es no poder comer pollo frito tranquilo, no salir a la calle por si el aire está sucio y pasear con la expresividad de un maniquí del Museo de Cera, la jugada sale carísima.

Al final, todo este delirio de Blueprint deja una idea bastante clara: hay millonarios con tanto pánico a espicharla que, irónicamente, han dejado de vivir. Si la receta de la inmortalidad consiste en beber aceite a morro y conectarse cables para dormir, que me guarden un sitio en el bar.

PLAN DE REHUMANIZACIÓN

Si después de leer esto te han entrado ganas de apagar los monitores, tirar el puré triste y volver a sentir algo parecido a la alegría, aquí tienes un atajo bastante más digno que beber aceite a morro.

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